Internet es un gran invento que ha aportado grandes cosas a la humanidad, entre ellas, los blogs. Otras, sin embargo, ya existían, y lo único que ha hecho la red ha sido simplificarlas. Este es el caso de los e-mails, esa maravillosa versión pixelada de las cartas en papel y boli.
De todos modos, no todo es de color de rosa en las redes de Hotmail. Si se simplificaron las cartas normales... ¿por que no simplificar las cadenas, esas cadenas cutres y horteras de reenviar pesetas o fotos, y que juraban siglos de mala suerte al que las cortara? Esa es la pregunta que se debió de hacer el primer tío listo (o también llamado gilipollas) que envió un mail de esos.
Básicamente, las cadenas consisten en un mensaje que varía mucho en temática o calidad, aunque suelen haber dos tipos básicos: los enternecedores, que nos cuentan una historia de kleenex (un amor verdadero, una muerte trágica...) y los acojonantes, en los que hay mucha sangre, muertos y, a poder ser, imágenes ilustrativas de los hechos narrados. Dentro de esta subcategoría suelen incluirse además fotos de espectros y demás demostraciones de lo barato que le salió a su autor el cursillo de Photoshop.
Con todo, lo que hace verdaderamente únicas a nuestras amadas cadenas es el mensaje final. Invariablemente, sea cual sea el mensaje, nuestra suerte a partir del momento que lo abrimos ya está echada: si lo reenviamos, nuestra vida va a ser maravillosa, vamos a casarnos con Jude Law, tendremos una casa monísima sin hipotecar y un caballo de pura raza para ir a echar la basura. En cambio, si no lo reenviamos, nuestra vida va a ser un desastre, vamos a casarnos con un viejo impotente y estúpido, viviremos debajo del puente y nuestro medio de transporte más lujoso va a ser el metro (y sin pagar).
Con toda esa ristra de gilipolleces, toda la gente mínimamente cuerda ya habría cerrado el mensaje; suponiendo esto, el creador (que recordemos es un tío muy listo) decidió poner todo un montón de testimonios dispuestos a jurar y perjurar que a elllos les tocó la lotería tras reenviar el mensaje. Además, el hombre, en una muestra de que, además de listo, es considerado, adaptó las condiciones a cualquier ritmo de vida, permitiendo al pobre receptor enviar más o menos copias, eso sí, bajando el volumen de beneficios a medida que enviábamos el mail a menos gente.
Ya para concluir, solo decir que las historias de los mails merecen un capítulo aparte (especial mención a la de la niña muerta y el espectro en un hotel de un país en guerra, esas dos son las mejores).
Y recordad, si no enviáis esta entrada de blog a 20 personas, jamás os volverán a poner un comentario en el vuestro.